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ARTICULOS DE ALBERTO MANSUETI

NO ES CULPA DE CHÁVEZ

(9 proposiciones sobre estatismo, democracia y desestatización)

 

Alberto Mansueti

 

Saludos, muy estimado lector ...

 

La juzgues buena o mala, te tengo una noticia: la culpa del desastre es del estatismo, no de Chávez, quien encarna sólo su fase terminal. El economista Ludwig von Mises -de la Escuela Austriana- describe este mal hasta su último y desesperado estadio (*), cuando destruidos los tejidos del mercado, la pauperización es enorme, el descontento mayúsculo, y tremenda la confusión provocada por la múltiple y gritona vocería de ignorantes y despistados. ¡En esa etapa ya estamos (o casi) en Venezuela! Y el adoctrinamiento estatista masivo, mucho más emocional que racional -y sin que se le contrarreste con eficaz difusión ideológica en pro de la inmediata desestatización- crea una enorme masa fanatizada. Esta condición, más temprano que tarde hará al chavismo definitivamente irremovible.

Sin embargo te pregunto, amable lector: si mañana en lugar del Cnel. Chávez amaneciese en Miraflores cualquiera de los jefes estatistas de oposición -p. ej. ciertos Gobernadores o Alcaldes-, ¿crees que algo mejoraría? Pues nada, ya que ellos ni saben de la desestatización, o reversión del estatismo: privatizaciones; desregulaciones; y reducción del Estado -en funciones, competencias, tamaño y presupuesto-; único remedio. Porque no hay otro. ¿Te luce exagerado? Para que se entienda mejor, veamos ...:

 

1. El estatismo se presenta como el progreso, lo cual es falso. Empieza con el aumento en las funciones del Estado. Por su naturaleza el Estado es sólo la instancia represiva de la sociedad; de allí su formalismo, jerarquía, cierta rigidez y uniformidad, rasgos estos que le son consustanciales, y necesarios para cumplir sus funciones propias. Pese a ello y contra toda razón, los estatistas le atribuyen al Estado muchas otras funciones que no puede cumplir -impropias-, productivas y de control, primero en economía, después en enseñanza y medicina, llegando a la vida social, cultural, familiar y hasta individual; por eso el estatismo es totalitario por definición. El incremento en roles, esferas y modalidades de intervención del Estado se acompaña del aumento monstruoso en prerrogativas, tamaño y presupuesto. Pero los mismos rasgos adecuados a sus funciones propias, son en cambio disfuncionales en las impropias. El Estado sobrecargado de funciones las incumple todas -propias e impropias-, al tiempo que nos impide a los particulares cumplir las nuestras.

Pero antes de seguir, disculpa una encarecida sugerencia, querido amigo: a la luz de lo anterior, por favor, revisa bien tus ideas políticas, y tu concepto del Estado, porque tal vez tú mismo seas estatista, sin saberlo.

2. La estatización comenzó en 1928 en Venezuela. Ese desgraciado año el Benemérito fue anoticiado de cierta Marcha del Estudiante; y alguien le dijo que eran “signos de un nuevo tiempo”, y le sugirió las primeras “leyes sociales”, que el Gral. Gómez, aunque caviloso y dubitativo, finalmente aprobó. Después el Gral. López impulsó su Programa de Febrero de 1936, aún “más avanzado” (más demagógico), proseguido por el Gral. Medina, con apoyo comunista.

En 1945 comenzó la interminable carrera entre los políticos -militares y civiles- por quién es más populista y estatista, que aún perdura. Algunos proyectos faraónicos perezjimenistas -como SIDOR y el desarrollo nuclear-, y el Plan de Emergencia del Almirante Larrazábal, en 1958, siguieron la misma senda, marcada en el mundo nada menos que por F. D. Roosevelt, tres veces Presidente de EEUU. Y asimismo las estatizaciones del hierro y petrolera, a cargo respectivamente del Dr. Caldera y el Br. Pérez. Vestir ropa civil no es garantía contra el estatismo, aunque los militares tienen una inclinación connatural por ese sistema, y por eso es aconsejable mantener a los uniformados lejos de la política; en orden a ese fin, en muchas naciones se les niega el voto, con fundadas razones, la imparcialidad entre ellas.

3. La estatización es un proceso destructivo y circular. Entre los pésimos efectos del estatismo se cuentan el exceso de “legislación”, agobiante y paralizador (sobrerregulación). Y confiscaciones, sobretributación, sobreendeudamiento público, inflación (o todo a la vez). El costoso e inefectivo aparato burocrático poco a poco reemplaza y destruye las relaciones de libre mercado, establecidas espontáneamente entre agentes privados. Hay desinversión, descapitalización y desempleo, en ese orden. Y al empobrecimiento en las libertades, le sigue la depauperación en la riqueza material, e incluso en la moral y las costumbres, porque produce en las personas una indebida dependencia de las autoridades, y las aleja del trabajo y la familia.

Se genera un círculo vicioso: el estatismo crea y aumenta la pobreza, la cual es tomada como pretexto por las izquierdas, sus principales beneficiarias y abanderadas, para perpetuar, acrecentar y acentuar el estatismo, por los medios y modos descritos en las proposiciones 5 y 6 de este escrito. Es letal.

4. Chávez es producto y no causa del estatismo. A los responsables hay que buscarles en otra parte. Si bien Chávez no ayuda, es nada más que el resultado final inevitable de un proceso de regimentación y dirigismo gubernamental de la economía y la sociedad, destructivo de sus tejidos naturales -familia, empresa y otros entes privados-, que por su esencia exige cada vez más coacción y más violencia para imponerse, sólo aminorables por adoctrinamiento. Precisamente por eso se militariza. La estatización tiende siempre a empeorar cuando no se la detiene a tiempo; y ya fuera de tiempo, muy avanzada-, es en extremo difícil de parar, lo que se explica en las proposiciones 7, 8 y 9.

5. La estatización se disfraza de democracia, y se presenta como su “profundización”, y últimamente como condición de lo que llaman “gobernabilidad”. Se encubre con la mitología de las izquierdas sobre la democracia, “una forma de vida”, y otras expresiones pías de estilo. La cháchara es confusa y confunde, y difículta el reconocimiento e identificación del estatismo. Para colmo, los despistados confunden democracia con república, y atribuyen a la democracia elementos tradicional y esencialmente republicanos, como la independencia judicial.

La democracia es sólo un método para tomar decisiones: el que apela al criterio de la mayoría. Y lejos de ser la antítesis del militarismo, la democracia es militar por origen: contando efectivos, se sabía de antemano quien se impondría eventualmente en el campo de batalla, y el choque se hacía innecesario. Fin y mayor mérito de la democracia: ahorra sangre.

Pero la democracia sigue siendo muy salvaje, un expediente muy imperfecto, burdo. Como la mayoría se equivoca, y muy a menudo, en sí misma la democracia no perfecciona para nada la acción estatal -la “mano visible” de la sociedad-; y mucho menos la habilita para desempeñar funciones impropias. La democracia no toma en cuenta las diferencias, es lenta e incierta -sobre todo para corregir errores-; y por eso, aún democrático, el Estado no sirve para asignar eficientemente los recursos económicos, en orden a producir enorme cantidad de cosas -bienes y servicios- que la gente desea. Por ello es insensatez suprimir la acción de los mercados, y la pretensión de reemplazar sus decisiones por las estatales, por democráticas que sean. Sin embargo, esa locura es lo que las izquierdas netas demandaron aquí por décadas. Comenzando por consagrar cada vez más prestaciones médicas y docentes, vivienda, comida, transporte, etc., como “derechos humanos”, cuyo cumplimiento se supone a cargo del Estado. Y siguiendo por imponer dirigismos y controles alegadamente encaminados a efectivizarlos, o a erradicar la “corrupción”, hipócritamente señalada como responsable de su no cumplimiento. Los sucesivos Gobiernos democráticos adecopeyanos -de “centroizquierda”-, siguieron muy de cerca todas las recomendaciones socialistas y comunistas, no obstante a cada paso más exigentes.

Digamos que los Gobiernos autoritarios no representan garantía segura contra el estatismo, pero en todas partes los estatistas avanzan al mismo paso que la democracia: prometen a las gentes empobrecidas que el Gobierno va a “redistribuir la riqueza”. Oferta atractiva para los empobrecidos, pero engañosa, porque más allá de cierto punto, la riqueza se deja de producir, y ya nada hay que repartir.

6. La estatización se combina con “más democracia”. Esta consigna se traduce en una secuencia ampliatoria de la democracia, como si ella fuera panacea universal:

i) Se suprimen normas “pétreas”, como derechos individuales, forma y límites del Estado y otras garantías; y toda materia se somete a voto de pueblo, asamblea o congreso.
ii) Se amplía el derecho al sufragio, llamando a participar en decisiones que involucran temas y puntos muy por encima del alcance de la comprensión de las personas convocadas.
iii) Se suprimen las elecciones indirectas, paso relacionado al anterior. Antes p. ej. los legisladores nacionales eran electos por las legislaturas de cada Estado, integradas a su vez por diputados de cada pueblo o aldea. Y p. ej. un elector que no puede decidir en materia fiscal, por serle desconocida, sí conoce en cambio al médico o la maestra de su pueblo, y puede decidir si merece o no estar en la asamblea regional, que a su vez elegirá delegados al Parlamento nacional.
iv) Se aumentan en clase y número los actos comiciales, poniendo a votación toda acción de Gobierno, con lo cual de paso el gobernante puede eludir su responsabilidad.

7. No hay otro remedio que la desestatización: privatizaciones y desregulaciones masivas, con decrecimiento del Estado en funciones, competencias -poderes y atribuciones-, tamaño y presupuesto. Pero de verdad, no de fachada como hicieron los fracasados del ’89, mal llamados “neoliberales”. En América latina y otras regiones, el “neoliberalismo” de los ’90 fue una continuación del estatismo por otros medios, y sus partidarios en realidad son neoestatistas. El también austriano profesor germano-estadounidense Hans-Hermann Hoppe (**) arroja mucha luz en el caso de Europa del Este, muy semejante al latinoamericano. Pone muy en claro que no hay “Tercera Vía” entre socialismo y capitalismo; pero, si el socialismo ha colapsado, y la opinión pública sigue insensata y tercamente resistiendo al capitalismo, lo que sí hay es caos (disolución del orden) y salvajismo.

8. Sólo la derecha tiene la cura. El diccionario político impuesto por las izquierdas define a la derecha como la defensora de los privilegios económicos. Pero, ¿cuáles privilegios? Por supuesto hay muchos empresarios estatistas, beneficiarios del proteccionismo, subvenciones, créditos estatales y otras ventajas no de mercado, que el estatismo les asegura exclusivamente, lo cual es injusto y empobrecedor. Pero esa definición de derecha no es objetiva, no acorde a la realidad, al menos del capitalismo, a no ser en la falseada y calumniosa versión prefabricada por los enemigos de ese sistema y partidarios del socialismo. O en todo caso alude, si cabe, al estatismo de derechas, o de los empresarios estatistas, mal llamada “derecha económica”.

Derecha es la defensa de los derechos individuales, basada en estos valores: racionalidad, orden, justicia, paz y abundancia para todos. Que llevan a estos principios:

i) Gobiernos limitados: en funciones (represivas y defensivas, judiciales, diplomáticas y de obras públicas, únicas a las cuales pueden por naturaleza servir, bien preparados y equipados), y gastos;
ii) democracia limitada: los derechos individuales, y los claros límites a los poderes y atribuciones gubernamentales, necesarios para garantizarlos, no son materia de votación;
iii) capitalismo: mercados libres (de ingerencia gubernamental), regidos por las leyes naturales, entre ellas -mas no únicas- las de la oferta y la demanda. En otras palabras: libre competencia, sin privilegios;
iv) separación del Estado y las instituciones privadas.

Como ves, nada obsceno u horripilante: liberalismo económico, conservadurismo político, y realismo filosófico. Eso es todo. Pero al calumniar, desacreditar y perseguir a la derecha, el estatismo se asegura un camino sin retorno. Desaparecida la auténtica derecha, los estatistas califican así a las facciones menos radicales o turbulentas del estatismo.

9. La degeneración es progresiva. ¡Sí hay un “progreso”, el de la enfermedad! En un proceso circular, cada vuelta profundiza el mal, y se va alejando de la posibilidad de remediarlo. En cualquier país, cada Gobierno estatista fracasa rotundamente, aumentando y extendiendo los daños. Y para luego, en la siguiente vuelta, hay sólo dos variantes:

i) Si hay aún partidos de derecha, explican al público lo que está ocurriendo, enderezando todo un vasto conjunto de conceptos e interpretaciones torcidas y enredadas, describiendo y definiendo correctamente lo que es estatismo, libre mercado, democracia, desestatización, etc. -tarea principal y para la que no hay sustituto-; y ofrecen como alternativa el único remedio aplicable.
ii) Pero si ya no los hay -la muy raquítica derecha fue aniquilada en los ’80 con ayuda de Universidades, medios comunicacionales y otras instituciones y empresas privadas estatistas-, el espectro político es hemipléjico. Las izquierdas blandengues y autocontradictorias, discuten a gritos con las más duras y ultramontanas, por detalles y temas adjetivos y nimios, en un contexto cada vez más estatista, que nadie cuestiona. En tal caso, no se puede sino empeorar, como demostró el Premio Nobel (1974) Friedrich von Hayek (***), discípulo de Mises. Porque en cada comicio se ofrece una facción izquierdista siempre más radical, que propone medidas más “sociales” -es decir, peores-; y la gente confunde el remedio con la enfermedad, y vota por dosis mayores de veneno. Y cuando el cuerpo está emponzoñado hasta la parálisis, y el antídoto no está disponible, ¿cómo salir?

Si la desestatización no es ahora, el deterioro y el empobrecimiento seguirán su curso, con o sin Chávez. Y perdón por escandalizarte, lector, pero si los estatistas antichavistas fuesen Gobierno -y los chavistas oposición-, sin asomo de algo siquiera parecido a una economía mercadista, con el estatismo en fase terminal y una masa desocupada “reclamando sus derechos”, muy probablemente la situación sería peor: en extremo inestable, y con un desorden mayor, quizá el caos total y la violencia desnuda reinarían.

 

Perdona la extensión -es que hay demasiado hilo enredado en estos temas-, y muchas gracias por tan gentil atención, amable lector.

 

Notas

(*) Ludwig von Mises: “Socialismo”, de 1932; y “La acción humana”, de 1949.
(**) Hans-Hermann Hoppe: “Democracia, otro dios que fracasó”, de 2000.
(***) Friedrich von Hayek: “Camino de servidumbre”, de 1942.

 

alberto@rumbopropio.org.ve

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