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ARTICULOS DE ALBERTO MANSUETI
LA BIBLIA Y LA ECONOMÍA:
SERVICIALISMO O SERVILISMO
Alberto Mansueti
América latina toma velocidad en la ruta de la izquierda. Sus padecimientos económicos -inflación, desempleo, pobreza-, derivan de dos males peores: incomprensión de la economía, y prejuicio contra los mercados. Este artículo describe los sistemas económicos contrapuestos, servicialista y servilista. Los coteja y compara desde el punto de vista liberal, y a ambos con la economía informal, resultado de la imposición forzosa del segundo sobre el primero. Pero no tanto en el terreno de la economía como en el de la moralidad, específicamente cristiana, bíblica. Y es que por ahí comienza el asunto ...
La ignorancia de la economía es tanto más grave cuanto a la ausencia de conocimientos objetivos, se añaden prejuicios basados en falaces sofismas, antiguos errores y mentiras repetidas hasta el cansancio. Pero más que exponer y refutar conceptos y principios falsos, aquí se muestran y fundamentan los reales y verdaderos.
Como bien dice mi amigo Adolfo Rivero Caro, el liberalismo es contraintuitivo. ¿Qué significa eso? Que requiere ser demostrado, no siendo objeto propio del conocimiento intuitivo sino del discursivo. Pero no es fácil demostrarlo, y menos en términos sencillos; y esa es una de las razones por las cuales las gentes son antiliberales en su inmensa mayoría. Este artículo intenta brindar una demostración, lo más sencilla que es posible al autor.
SUMARIO:
- Introducción: ¿Quiénes toman “El Otro Sendero” y por qué?
- Capitalismo y doctrina cristiana
- Cristianismo, prosperidad y desarrollo
- Las leyes naturales de la economía
- Servicialismo
- El consumo siempre depende de la producción
- Tú eres capitalista
- Empresas y empresarios son servidores
- Amor y cuidado propios no equivalen a egoísmo (¿Kant o Jesucristo?)
- ¿Y el Estado? ¿Cuál es su papel?
- ¿Se ha practicado el servicialismo (capitalismo)? ¿Cuándo y dónde?
- Servilismo
- Más que antieconómico, el servilismo es inmoral
- ¿Cómo salir de la pobreza, la inflación y el desempleo? ¿Hay salida individual?
- ¿Y la Economía informal?
- ¿Y qué es la Globalización?
- Conclusión: ¿Hay salida? ¿Cuál es ...?
# Introduccion: ¿Quiénes toman “El Otro Sendero” y por qué?
En toda nación coexisten siempre dos economías, llamadas formal e informal. Algunos se preguntan por las causas de la segunda, vía de escape que Hernando de Soto y mi amigo Enrique Ghersi llamaron “El Otro Sendero” en un libro que dio la vuelta al mundo. Y muchos cuestionan cómo algunos podemos defender y encontrar algo bueno en la proliferación de puestos ambulantes pobres y hediondos, que obstaculizan el tránsito automotor y peatonal, a más de afear las calles de nuestras ciudades. Por no decir más.
Los temas de economía, por desgracia, son muy mal planteados y peor entendidos. En especial el de los sistemas económicos, muy mal expuestos por los supuestos especialistas en la materia, torpemente confundidos por los periodistas y divulgadores, y desastrosamente comprendidos o incomprendidos por el público. Conceptualmente hay sólo dos sistemas:
-- La economía libre o de libre mercado, no muy felizmente llamada “capitalismo” en lugar de “servicialismo”.
-- El “servilismo”, del cual hay muchas variedades, siendo el estatismo la moderna.
Este artículo describe uno y otro, sobre todo sus bases éticas, desde una perspectiva bíblica. Y después trata de la economía informal, un sistema servicialista clandestino de supervivencia, y que -con sus excepciones- apenas sobrevive a la represión, paralización, castigo y empobrecimiento a que se encuentra sometido por una opresiva economía servilista que se le superpone. Finalmente, unos párrafos sobre uno de los conceptos peor entendidos: globalización; y sobre otro prácticamente desconocido: neocomunismo.
# Capitalismo y doctrina cristiana
Como el capitalismo es acusado de anticristiano, sobre moralidad aquí se adopta el punto de vista cristiano, sólo que bien entendido. Lamentablemente, muchos evangelizadores y catequistas enseñan doctrina cristiana como si ésta sólo refiriese a cosas espirituales y del “más allá”: la otra vida y el otro mundo. Y así es, a ellas refiere, pero no sola ni exclusivamente. Sin embargo, estos maestros enseñan la Palabra de Dios como si fuese inapropiada o ineficaz para iluminar también sobre aspectos observables de esta vida -terrenales y mundanos-, y traer precisamente “luz al mundo”, a un mundo que la necesita desesperadamente.
La Biblia habla mucho sobre variadas cosas de este mundo. Incluyendo, por supuesto, Economía política y Gobierno. Aconseja no apegarse desordenadamente a los bienes terrenales, y llama a ser generoso y caritativo. Pero esa clara y reiterada norma moral, no contradice en absoluto las reglas de Gobierno y legislación que la Escritura recomienda.
En materia constitucional, la Biblia apoya clara e inequívocamente el sistema de libre mercado y Gobierno limitado. El libro de Deuteronomio lo establece como principio expreso, al poner límites muy estrictos para los Gobiernos y sus funciones (17:14-20) E igualmente 1 Samuel 8, al advertir contra todos y cada uno de los perversos efectos del abusivo intervencionismo gubernamental. Los libros bíblicos que les siguen -desde Josué y Jueces en adelante- muestran que sólo sufrimientos aguardan a los pueblos que se apartan de esta obligante enseñanza. Lo mismo confirman todos y cada uno de los Profetas; y nada hay en el Nuevo Testamento que derogue, disconfirme o recorte esta parte de la revelación de Dios. Sin embargo, la mayoría de los líderes y maestros eclesiásticos parecen pensar lo contrario. O no hablan una palabra sobre el tema.
Jesús sí habló de política con sus discípulos. Sus palabras: “Entre las naciones, quienes se dicen sus gobernantes acostumbran enseñorearse sobre ellas, arrogarse potestades sobre las gentes, y hacerse llamar bienhechores. Pero no debe ser así ...” Esto se revela en tres pasajes paralelos de los Evangelios sinópticos, Mt 20:25, Mr 10:42 y Lc 22:25, los cuales jamás citan los socialistas, porque allí Jesús se pronuncia expresamente en contra del estatismo, y de toda forma de dominación, opresión y manipulación, incluso cuando pretende hacerse "en bien" de las personas supuestamente beneficiadas (Estado “de Bienestar”.)
# Cristianismo, prosperidad y desarrollo
Nuestro Señor Jesucristo mandó a sus seguidores a servir de luz al mundo, y les advirtió que un candil no se coloca en lugar apartado o escondido (Mat. 5:15; Mar 4:21; Luc 8:16 y 11:33.) Y que “el conocimiento de la verdad os hará libres.” (Juan 8:33). Una vez gloriosamente resucitado, envió a sus discípulos a enseñar, en todas las naciones, a guardar “todas” las cosas que Él les había enseñado -así termina el Evangelio de Mateo (28:18-20)-, y no sólo algunas de ellas.
El Antiguo Testamento también declara repetidamente que la luz de la Sabiduría lleva a la libertad, como se muestra en el libro de Éxodo; y que esa Sabiduría de Dios -que es asimismo Justicia-, es remedio propio para prevenir los males y padecimientos humanos. Así dice el Libro de Proverbios, Caps. 2 a 12, y muchos Salmos. También que Dios se testifica en sus “leyes, decretos y mandamientos”, en Deut. 4. O sea: que la Sabiduría de sus “estatutos” es prueba de que habla el Dios verdadero, el único.
La Biblia enseña que la prosperidad de las naciones y gentes depende de dos condiciones, relativas una a los Gobiernos, y otra a las personas individualmente. Son concurrentes:
-- La primera, meramente negativa: limitarse los Gobiernos a cumplir sus funciones sin interferir o molestar.
-- La de individuos y familias (y empresas) es positiva: prudente mayordomía, o administración propia y avisada de los talentos de cada quien; es decir, de su capital.
Por otra parte, la universal historia de las naciones enseña que los países que prosperaron y desarrollaron, fueron los pocos que aplicaron el sabio y justo “Consejo de Dios a las Naciones”: judíos de la diáspora, España medieval, Holanda y Suiza desde la Reforma; y más acá, Inglaterra y EEUU.
Por su lado, los monjes cristianos en sus monasterios aplicaron al pie de la letra el consejo de perfeccionamiento moral sobre no apegarse a las riquezas terrenales, explicitado por Jesús al joven rico (Mat 19). Los monjes tenían sus bienes en común, según el modelo de Hechos 4. Pero trabajaban y producían; y sus monasterios eran empresas, algunos, verdaderos emporios comerciales. Por eso, Occidente debe al monacato mucho de su desarrollo económico anterior a la Revolución Industrial. Y debe la conservación y el adelanto de la ciencia y la cultura; por ej. la contabilidad por asientos paralelos -un pilar del capitalismo-, fruto del inventivo y paciente trabajo de Fra Lucca Paccioli, monje veneciano del Renacimiento. La moral cristiana -que se resume por ej. en el Sermón de la Montaña-, no debe confundirse con la forma cristiana de Gobierno, con la cual es perfectamente compatible.
# Las leyes naturales de la economía
Los grandes maestros cristianos, desde los primeros siglos -días de Ignacio de Antioquía, Justino, Taciano, Ireneo de Lyon y Clemente de Alejandría-, siempre han enseñado acerca de las dos revelaciones de Dios a la humanidad:
-- la Biblia es la segunda, revelación especial, escrita en palabras humanas;
-- la primera o general revelación, es el conjunto de leyes que gobiernan el Universo creado. Son las leyes naturales, que rigen estrellas y planetas, y en la Tierra, piedras y ríos, mares y vientos, plantas, animales y -en parte- a los hombres también.
Ambas revelaciones contienen respectivamente las leyes naturales y positivas de Dios. Es de suyo que son complementarias, y una y otra se apoyan y explican mutuamente. Y se sirven de criterio interpretativo.
Pero las leyes del mundo social son tan naturales como las de la gravedad, las químicas, biológicas, etc.; y entre ellas las económicas. Las tan denostadas y calumniadas leyes del mercado, de la oferta y la demanda, de la producción y el consumo, del incentivo y del precio, proceden de Dios. ¿Cómo podrían ellas contradecir las normas positivas -teonomía-, que la Biblia manda conocer, estudiar, enseñar y “poner por obra”? De ninguna manera.
Muy por el contrario, los males económicos provienen todos de desconocer y desobedecer las naciones y sus dirigentes las reglas del Gobierno limitado, mandadas en concordancia y armonía perfectas con las leyes de la naturaleza económica. ¿Cómo se espera que haya progreso y prosperidad en el mundo, si los reglamentos decretados por las autoridades políticas se dictan en franca desobediencia a las normas escritas del Altísimo, y por ende tampoco concuerdan con las leyes naturales del Universo? Es realmente una locura.
La compatibilidad de la Biblia con las leyes naturales es sólido pero muy olvidado testimonio a favor de la inspiración divina de la Escritura. Por eso la fe no colide con la razón, ni con las ciencias, o la verdadera filosofía. “Logos” es la palabra que en Juan 1 se traduce por “verbo” de Dios. La fe cristiana sí colide con la falaz propaganda seudocientífica que propalan las otras filosofías.
El liberalismo procede históricamente de la Biblia. Bien entendido, no es otra cosa que la parte de la Biblia que refiere a la naturaleza política. Así fue sabido antiguamente, entre los judíos, y en todas aquellas naciones cristianas que prosperaron y desarrollaron, y que hoy son los países ricos de Europa y EEUU. Posteriormente se produjo una separación o divorcio, muy desafortunado e infeliz, de terribles consecuencias:
-- La Biblia se predicó como un texto exclusivamente religioso, ajeno a los problemas y tribulaciones del mundo y sus causas inmediatas, sin respuestas idóneas. ¡Cristianos y no cristianos coinciden en este punto!
-- Y desgajado de su contexto propio, el liberalismo se hizo difícil de explicar y entender, de asimilar y aceptar, tanto por los cristianos como por quienes no lo son. Y se dejó de aplicar.
Bien harían en enseñar todo esto así los evangelizadores y catequistas cristianos. Entre otras razones, porque sólo Dios en Su Palabra revelada tiene la única solución perfecta para problemas que aquejan en todo el mundo a todo el mundo, y especialmente a los más pobres: inflación, desempleo, crisis y recesiones, colapsos bursátiles o bancarios, etc. Porque todas estas calamidades proceden de dar el mundo espaldas al Consejo del único Dios verdadero, tal y como se desprende de Deuteronomio Cap. 28. Mas para enseñarlo así, los líderes cristianos primero deberían aprenderlo así. Como no lo saben, su enseñanza cristiana muchas veces es puramente emocional; apela a los sentimientos, mas no a la mente de las personas. No es muy rica ni muy eficaz. E igual deberían aprenderlo los liberales, si también quieren ser eficaces.
# Servicialismo
En el servicialismo o “mercadismo”, la economía se coordina a través de los mercados. ¿Cómo? Por arreglos voluntarios y libres -sin coacciones-, entre gentes que ofrecen sus servicios o contribuciones, a cambio de precios en dinero. Procuran así las gentes sus ingresos, que les permiten adquirir los bienes y servicios de consumo, producidos por ellas mismas, en su rol de productores. No emplean la fuerza o violencia, ni su amenaza -la coacción-, porque los precios de mercado son estímulo suficiente. El liberalismo propone y defiende este sistema.
La oferta de servicios es fundamento y principio de este sistema, también llamado ahora economía “del lado de la oferta” (supply-side). Las personas contratan relaciones voluntarias, en dos mercados respectivos, según sus dos roles económicos:
-- de productores u oferentes de factores productivos;
-- de consumidores o demandantes de bienes finales.
Los fisiócratas -antiguos economistas franceses-, llamaban economía natural a este sistema. ¿Por qué? Porque se basa en el primer principio o ley natural de la economía: que la riqueza se produce. En otras palabras: para consumir hay que producir. Corolario: no se puede distribuir o repartir lo que aún no existe. Por eso la oferta es anterior y superior a la demanda. El pan se gana con el sudor de la frente, dice el libro de Génesis (3:19); y el Apóstol Pablo escribió: “Quien no trabaja, no come” (2 Tesalonicenses 3:10.)
# El consumo siempre depende de la producción
En cualquier sistema, el consumo es función de la producción y no al revés. Sin “homo faber” no hay economía, ni consumo. Sin embargo, supuestos defensores del mercado pretenden fundamentarlo en cierta “soberanía del consumidor”, concepto equívoco, y falto de sentido si implica primacía de consumo sobre producción, de demanda sobre oferta. Para esta concepción, el mercado es una supuesta “democracia económica” dirigida por la decisión o voto del consumidor; otro concepto peligroso.
Cierto es que el productor está al servicio del consumidor; pero no en cualesquiera condiciones. Es inmoral por ej. someter al productor a esclavitud, en nombre de los “derechos del consumidor”. Y los consumidores deciden como tales en los mercados de bienes finales; pero las personas también producimos, y en los mercados de factores también podemos negociar y decidir -votar- sobre precios y condiciones de nuestros aportes. Escogemos entre diferentes condiciones productivas; y en última instancia, entre producir o no. Llamamos precios de los factores a los sacrificios a que estamos dispuestos por una compensación o ingreso.
Consumidores somos todos; pero también productores -al menos potencialmente-, y no sólo los poderosos y los fuertes.
-- Produce por ej. la viuda que renta un cuarto de su casa a un estudiante, o el garaje disponible a un automovilista. Y ella es capitalista, porque posee un capital físico.
-- Y también el estudiante, si pone a “producir” su mesada paterna en una cuenta de ahorros, porque posee un capital financiero. O el trabajador que pone su salario en una cuenta similar. Los trabajadores activos son capitalistas también; y los retirados y pensionados.
-- Y aún si no lo hace así, el estudiante -como el trabajador-, tiene destrezas, habilidades y conocimientos adquiridos, ofertables en el mercado laboral; posee un “capital humano”.
Conclusión: todos somos capitalistas, propietarios de capital, que es todo activo reproductivo.
# Tú eres capitalista
Todos tenemos al menos una clase de capital: físico, financiero, o intelectual (humano), desde el más material y concreto hasta el más inmaterial y abstracto. Sin embargo, se nos dice que “los capitalistas” son otros, no uno mismo. ¿Quiénes “otros”’ ¿Cuáles? Unos señores con puro en la boca y reloj de oro con cadena en la barriga. O unas mujeres enjoyadas. Por esta razón, el Sr. Común y la Sra. De la Calle aplauden todas las medidas gubernamentales dirigidas “contra los capitalistas”. Creen que no les afectan, salvo para bien, en la parte del botín que les corresponde. (“Salud y Educación”, etc.) Pues están muy equivocados. Todas y cada una de las medidas anticapitalistas, dirigidas a engrandecer al Gobierno a costa del capital -impuestos, inflación, confiscaciones, regulaciones-, les afectan y mucho, para mal.
Porque de una manera u otra, estos desatinos y abusos de los Gobiernos y Parlamentos hieren de muerte la moneda y los ahorros, los saldos líquidos, los ingresos fijos, las capacidades de crear y brindar empleos. Acaban con la libre competencia. Perjudican así a los empleados y trabajadores, a los desempleados y a los retirados y pensionados. A los jóvenes. A todos quienes se hacen acreedores a un salario, una cuenta bancaria, un bono o cédula hipotecaria, una pensión. O sea, entre ellos, a “las viudas y huérfanos”, repetidamente mencionados en la Biblia. Es verdad que perjudican a los capitalistas. Es decir, a la inmensa mayoría. Especialmente a los más débiles.
Toda economía se basa en la producción. Producir es más noble que consumir. Más se asemeja a Dios Creador el hombre cuando produce que cuando consume. Pero estos aspectos del lado de la oferta nunca son destacados. El capitalismo desaparece menos por los ataques de sus enemigos que por la pobre defensa de quienes se dicen sus partidarios.
# Empresas y empresarios son servidores
Como los mercados, en el servicialismo las empresas también son intermediadoras entre factores y consumidores. Pero “intermediador” no quiere decir necesariamente improductivo, subalterno, secundario o prescindible, como mal nos acostumbran a pensar. La función intermediadora es crítica en la economía; y si no véase la intermediación financiera, rol vital que deberían cumplir bancos y mercados de capitales.
La función social del empresario es producir. ¿Qué cosa? Algo que sirva: una mata de café, una mazorca de maíz, una mesa o una silla, un automóvil o un electrodoméstico. O repararlo. también un concierto de música, obra de teatro, filme o libro. Cualquier servicio. A empresarios -y productores en general- alude el Evangelio donde Jesús dice: “Quien quiera ser grande entre vosotros, que comience por servir.” (Marcos 9:35.)
El empresario ofrece y aporta un valiosísimo servicio. ¿Cuál? Descubrir necesidades, y coordinar los demás factores, para producir, generalmente en anticipación a la demanda. Asume el riesgo por el éxito o fracaso de la empresa, llamada así por ser emprendimiento y aventura. El emprendedor es un servicialista, como todo productor; pero muy especial, porque busca a los otros, les convoca, reúne, combina, organiza, dirige, reprende y corrige, desarrolla y recompensa. Para seguir esa vocación se requieren talentos especiales. Todos somos factores productivos -activos o no-, y capitalistas; mas no todos podemos ser empresarios.
¿Cómo sirve el empresario? Identificando dos elementos que otros no ven: mercados insatisfechos que querrían pagar por cierto producto, y factores desocupados (o con empleos de menor prioridad social) que querrían compensación por producirlo. A los factores ofrece primero un estímulo mayor por su esfuerzo. Y a los consumidores ofrece después el producto, a una mejor relación precio-valor. A ambos sirve, y mucho. Compite con otros empresarios -actuales o potenciales- en las dos series de mercados: de factores y de rubros finales. Su ganancia -si queda-, es la diferencia entre ingresos y pagos. Cuanto mayor la utilidad que lucra ( = logra), mayor el servicio realizado. Si hay pérdida, debe retirarse, a hacer otra cosa -y dar paso a otro-, porque de este modo se le hace saber que no está sirviendo.
Noble es servir, más que ser servido. Pero muy diferente es prestar un servicio libre que en condiciones de esclavitud u otra forma de servilismo. Más adelante se trata la economía servilista y sus formas; pero antes hay que despejar todavía otros malentendidos.
Algunos sedicentes defensores del capitalismo repiten que “todos somos empresarios”; no es cierto. Si aluden a que todos buscamos obtener los beneficios o ganancias que nos permiten vivir; eso sí es muy cierto. Pero mejor sería emplear las nociones apropiadas y del modo más preciso posible. O repiten que “las naciones son empresas”; disparate aún mayor, que carece totalmente de sentido.
# Amor y cuidado propios no equivalen a egoísmo (¿Kant o Jesucristo?)
Los detractores del capitalismo le identifican con el egoísmo, o amor propio desordenado, exclusivo y excluyente del amor al “próximo” o más cercano, potencialmente todo semejante. Sin embargo el amor al prójimo no está necesariamente reñido con el amor a uno mismo, asumido como algo muy natural en la tan reiterada fórmula de Levítico 19:18, citada por Jesucristo (Mateo 5:43): “Amarás al prójimo como a ti mismo”.
El amor a uno mismo es muy diferente del egoísmo. En español se llama “amor propio”, y comienza por el cuidado y atención de uno mismo, su familia, su futuro y sus intereses, en lugar de echar esas responsabilidades, más cómodamente, sobre hombros ajenos. El Apóstol Pablo se lo escribió muy claro a su discípulo Timoteo: cada quien provea para las necesidades de sí mismo y su propia familia (1 Tim 5:8), no el Gobierno. En cuanto al dinero, es escudo que brinda cierta protección (aunque inferior a la sabiduría, según Eclesiastés 7:12); no es en sí mismo la raíz de todos los males, pero sí lo es el amor al dinero (1 Tim 6:10). En el servicialismo, para lograr lo que uno quiere, debe servir a los demás. Debe “dar a los demás aquello mismo que quisiera para sí”, según otra conocida fórmula, la Regla de Oro, que conforme al mismo Jesucristo (Mat 7:12) resume la moral del Antiguo Testamento. ¿Qué cosas debe dar un productor a su cliente? Eficiencia, prontitud, calidad, buen precio, confiabilidad, seguridad, crédito de confianza ... en la esperanza de incrementar su propio beneficio. ¿Es eso egoísmo? ¿O todo lo contrario?
Es cierto que en el servicialismo el amor propio es motivo principal entre los elementos impulsores de la acción o conducta productiva. Pero, ¿quién no se ama a sí mismo? ¿Y quién no se incentiva por alguna forma de amor propio y recompensa, que puede ser en dinero, reconocimiento, amor, o una combinación de ellos? Aún quien “acumula tesoros en el Cielo” (Mateo 6:20) obra en el propio interés. Y quien busca el amor de Dios, lo busca para sí mismo. Si eso es egoísmo, los santos serían los mayores egoístas: quieren tenerlo todo; quieren nada menos que a Dios.
El servicialismo se basa enteramente en la ética cristiana bíblica, que el sistema de libre empresa no contradice en nada; y sí en mucho a la ética kantiana. Lamentablemente el filósofo alemán Immanuel Kant fundó un sistema ético -que pretende pasar por cristiano-, asentado en un principio contrario, muy simple y perverso: no es moral el servicio prestado en la espera de una recompensa, sólo lo es el brindado en total ausencia de interés propio. Por tanto, las relaciones de intercambio -como las de mercado- son inmorales. Se ha convenido en llamar “altruismo” a este disparate, base del socialismo. No sólo es anticristiano, ¡es inhumano! Porque toda relación humana es o tiene algo de intercambio. La familia es por ej. un sistema de seguridad social perfecto, porque contiene un intercambio de servicios entre dos generaciones, padres e hijos, que se atienden unos a otros en distintos momentos en el tiempo. Por eso, una vez destruida o minada la familia por las cargas estatales -especialmente la inflación y demás impuestos-, el engañoso Estado “de Bienestar” (Welfare) ha sido incapaz de reemplazarla con la misma eficiencia.
Sin embargo, la ética kantiana se ha popularizado. Hoy cada vez más gente quiere el “derecho” a recibir cosas por nada. Antes no era así, y lo considerado inmoral era pretender vivir de gorra, recibir sin dar. En días de nuestros abuelos, ellos se hubiesen avergonzado de tener que aceptar algo sin poder brindar nada a cambio. Porque se sentían productores y no mendigos.
# ¿Y el Estado? ¿Cuál es su papel?
En el servicialismo, el rol propio del Estado es importante: proscribir la violencia y el fraude -de esas dos plagas es que los mercados deben ser y verse “libres”-; por ello es insólito que cometa precisamente aquellas transgresiones que debe juzgar y reprimir.
A fin de mantenerlos limitados, a los Gobiernos se adscriben sólo tres funciones:
-- represivas, de los crímenes contra la vida, propiedad y libertades de las personas;
-- judiciales, para dirimir conflictos que las personas no puedan resolver por sus propios medios;
-- y de obras públicas, relativas a la infraestructura de comunicaciones y salubridad.
Tales los límites bíblicos del Estado. Cuando en su carta a los cristianos romanos (Cap. 13) el Apóstol Pablo manda obedecer a los Gobiernos, alude a este tipo de Gobiernos limitados, establecidos para poder “vivir en paz, honestidad y tranquilidad” (1 Tim 2:2). Por ello, cuando el Imperio de Roma se salió de sus límites, tanto el firmante de la carta a los romanos como sus destinatarios desobedecieron. Hasta la muerte.
Ninguna de estas funciones estatales es de “dirección” de la sociedad; ni siquiera de intermediación. El Estado es un servidor más. Gobiernos y funcionarios no intermedian excepto como colectores de impuestos, pero ¡no entre ricos y pobres! Sino entre contribuyentes y usuarios de funciones públicas, que son todas y los mismos ciudadanos, y no dos grupos especiales distintos. ¿Cómo hace esta intermediación? Asigna los impuestos recaudados al cumplimiento de las funciones estatales, y no “redistribuye” la riqueza.
Cuando el Estado descuida sus funciones propias, y pretende arrogarse otras, cae en el estatismo. Todas incumple, y en el camino oprime, empobrece y arruina. Los Gobiernos asumen la intermediación más innecesaria, estéril y empobrecedora: la intermediación política. Sin embargo las gentes no lo ven de ese modo, embotados sus cerebros por la “información” y “entretenimiento” mediáticos, potentes vehículos de adoctrinamiento estatista, y de difusión popular de las filosofías irrealistas e irracionalistas que lo acompañan.
# ¿Se ha practicado el servicialismo (capitalismo)? ¿Cuándo y dónde?
Sí, algunas veces en la historia, sobre todo desde la Revolución Industrial; y -pese a las difamaciones de sus enemigos-, con mucho éxito. Es lógico: teniendo funciones limitadas, los Gobiernos las cumplían. Siendo el gasto público reducido, los impuestos eran bajos; los Gobiernos no necesitaban sobreendeudamiento, ni financiarse emitiendo dinero excesivo. Contratando los factores de la producción individualmente, se mantenían los lazos entre logros y recompensas, y la eficiencia aumentaba. La “acumulación de capital” -aunada al progreso tecnológico, y a la competencia entre empleadores- permitía incrementar poco a poco los niveles generales de salarios e ingresos. Pero eso fue hasta la Primera Guerra Mundial.
Al servicialismo se debe el extraordinario progreso experimentado por ej. cuando el Renacimiento, y más tarde en el siglo XIX. Y después en los mal llamados “milagros” de las naciones vencidas en la Segunda Guerra -Alemania, Italia, Japón-, parcial y limitadamente reeditados por los “tigres” asiáticos de los ‘80.
# Servilismo
En las relaciones serviles, la fuerza y la coacción obran como estímulos en lugar de los precios. Primero fue la esclavitud. Después la servidumbre, con algún contenido contractual, y relativamente menos mala. El estatismo combina los peores rasgos de ambas, porque no hay propiedad privada de amo o señor particular: somos esclavos y siervos del Estado -encarnación del colectivo-, para quien trabajamos obligadamente buena parte de nuestro tiempo. A la fuerza y la coacción se suma un tercer medio de sometimiento: el engaño.
Desde 1914 los errores en la comprensión de la economía -y de la ética- se han multiplicado, e inundan las Universidades y medios de comunicación. Apoyados en estas falacias, y en los intereses creados, Estados y Gobiernos han ido asumiendo roles intermediadores cada vez más activos, pretendiendo coordinar todos los mercados y factores, y gerenciar todas las empresas. ¿Cómo? Empleando la fuerza y la coacción, que son sus instrumentos propios, idóneos en su función específica, pero destructivos y terribles fuera de ella. Resultados? Pésimos.
También es lógico: los Gobiernos ilimitados en sus fines y funciones también lo son en sus gastos. Y en sus impuestos, y sus deudas, y en la emisión ilimitada de dinero para financiarse. Así empobrecen a la sociedad. Y lo peor: le impiden crear más riqueza, porque pretenden justificar su omnipresencia con absurdas reglamentaciones. Sus rígidos controles impiden funcionar competitivamente a los mercados y empresas, y demás instituciones naturales como la familia y la escuela (privada). El servilismo es responsable de todos los fracasos en la historia económica de las naciones. Desde las guerras, que separan sus distintas etapas como horrorosos hitos demarcadores, hasta las inflaciones, recesiones, paros, hambrunas, miserias y “estanflaciones”, que son contenido principal y distintivo en cada etapa. Y de otros males menos tratados, como el relajamiento en la calidad de productos y servicios.
Los productores no ligados al Estado son víctimas del desempleo o subempleo. Y cuando no, apenas ingresan una fracción de lo que producen; el resto va a los Gobiernos y sus asociados, en forma de impuestos, inflación u otras confiscaciones, o sobreprecios cargados por privilegiados monopolistas con conexiones políticas. Así estos productores deben multiplicar sus esfuerzos y afanes para obtener una cada vez más magra compensación. Ello no les permite descubrir la pirámide de engaños y falacias sobre las cuales se monta el estatismo; y a los pocos que lo logran, les impide ensayar algún tipo de resistencia intelectual o política.
# Más que antieconómico, el servilismo es inmoral
Porque se basa y asienta en el empleo de la fuerza, la coacción y el fraude. Pero lamentablemente, no lo han destacado así los malos defensores del capitalismo (algunos llamados “neo” liberales). Por el contrario, le buscan justificaciones económicas, de orden utilitarista. Lo cual lleva a interminables discusiones.
Cierto es que como sistema el capitalismo es con mucho más eficiente. Pero cada vez más, sus enemigos le atacan por ser supuestamente inmoral -y anticristiano-; no por ser eficiente. Sin embargo, quienes pretenden defenderlo se enfrascan en argumentos económicos, encaminados a demostrar su mayor utilidad para proporcionar más riqueza, empleo y crecimiento ... ¡rigurosamente ciertos y científicos en su mayor parte! Pero el público general no los capta, aunque les sean mostrados y demostrados. Siguen entrampados en su propia estulticia y perversión, creyendo las promesas de recibir “almuerzos gratis”: educación, salud ...
Y oyen todos los cantos de sirena de los demagogos, que niegan o cuestionan ...
-- la licitud moral del beneficio empresarial, incapaces de comprender la función del empresario;
-- la moralidad del amor e interés propio como estímulo, que confunden con el egoísmo;
-- la ocupación y preocupación en los bienes terrenales y su seguridad, que tildan de “craso materialismo”;
-- la racionalidad propia del mundo económico, a la que acusan de “frío e insensible cálculo”.
Y lo más importante:
-- el derecho moral que asiste a todo productor de riqueza, para conservar y disponer íntegramente de los frutos del propio trabajo, imaginación y esfuerzo creativo. Este derecho natural es calumniado como “causa de la injusta distribución de las riquezas”, del “aumento de la brecha entre los ricos y los pobres”.
Porque muchos apoyadores del estatismo no roban, pero envidian, y pretenden que el Estado robe a otros por y para ellos. ¡Ilusiones ...! En cierto modo merecen los males que obtienen.
Si en el siglo XXI, nosotros o nuestros hijos queremos recuperar las perdidas libertades en los mercados, será mediante una defensa inteligente y eficaz. Tenemos que devolverles sus bases éticas. Y también al beneficio empresarial, y en general a la ganancia de los mercados. Y al amor propio; y al trabajo productivo en bienes y servicios de esta tierra y para esta vida. Y a la racionalidad, otra semejanza de creatura y Creador. Y lo más importante: ¡el derecho a ganar cada quien el pan con su propio sudor, y no con violencia o mentira!
Pero para devolver a la economía sus bases morales, tenemos que restituir a la ética sus bases racionales. Es decir, sacarla del campo de los sentimientos, donde Kant pretendió plantarla -otro gravísimo daño suyo-, y devolverla al terreno de la razón. Emociones y sentimientos pueden ser engañosos. Muchas personas creen que el socialismo se basa en sentimientos buenos; pero en realidad se asienta mucho en la envidia, emoción que no califica precisamente como buena. Emociones y sentimientos no pueden sustituir a la razón como medios cognitivos; deben ser supervisados siempre por la razón, y no a la inversa.
# ¿Cómo salir de la pobreza, la inflación y el desempleo? ¿Hay salida individual?
Todos proponen cosas que los Gobiernos “deben hacer”. ¡Gravísimo error! Los Gobiernos han de NO hacer lo que más hacen: interferir en el desenvolvimiento de los mercados y la economía según las leyes naturales. Lo único que deben hacer es cumplir sus pocas y limitadas funciones. Y dejar hacer (“Laissez faire”.)
Pobreza, inflación, desempleo y males asociados provienen de las leyes malas e impuestos inicuos, que “desapoderan” (impotentizan) a las gentes; todo lo que hay que hacer es derogarlos. Es decir:
-- Derogar todas las leyes regulatorias o especiales: salariales y gremiales, bancarias y financieras, de transportes, fianzas y seguros, inquilinarias, “proteccionistas”, de subsidios, superintendencias y controles, educación, medicina, artes y ciencias, etc. ¿Qué quedaría? Los Códigos; sobre todo como eran antes, cuando por ej. los países latinoamericanos atraían brazos y capitales en lugar de expulsarlos, con anterioridad a ciertas desafortunadas “reformas” de los ’40 y ’50. Y en consecuencia con ello:
-- Privatizar los bienes estatales; pero no para enriquecer a los Gobiernos sino a las personas.
-- Y después, acabar con los impuestos excesivos, selectivos, “progresivos”, confiscatorios y punitivos.
¿Hay salida individual? O sea, ¿sin las derogaciones mencionadas? La realidad es que no, tristemente. Lo que sí hay son ciertas posibilidades para cada quien de no contribuir a empeorar aún más la grave situación de todos; y de protegerse en alguna medida de sus más desvastadores y destructivos efectos:
-- No empeorar: no seguir apoyando “soluciones” y elencos estatistas, y no repetir sus dichos.
-- Protegerse: aprender y aplicar nociones básicas de economía y administración (mayordomía).
# ¿Y la Economía informal?
En toda nación hay dos economías. Una en recesión y crisis permanente, con inversión, empleo y producción menguantes. La otra sobrevive, mucho más productiva en relación a sus escasos recursos; y a veces florece, lo que se nota en la calle (no en las estadísticas de la prensa). La primera es la economía formal, ocupada en satisfacer los caprichos de las autoridades políticas; la otra es la subterránea, y genera la producción silvestre, espontánea, que atiende las reales y prioritarias necesidades del mercado. La primera es el problema; y la segunda, una solución. Ambas se yuxtaponen, pero no amalgaman muy bien.
Diariamente, incontables personas y recursos pasan a la clandestinidad económica, a través del “Otro Sendero”. Huyen a esconderse de los impuestos, y de las asfixiantes leyes reguladoras, que sólo producen ineficientes monopolios. Vedada la resistencia intelectual o política, la economía negra es la resistencia económica a la guerra feroz de los Gobiernos contra la producción. Mayores son sus dimensiones cuanto más exigentes son los reglamentos y confiscaciones, y más elevados los impuestos.
¿Cómo se comporta la Economía informal? ¿cuáles pautas o normas sigue? No por casualidad, sigue el antiguo, siempre vigente y muy efectivo principio del libre mercado: arreglos no coactivos (voluntarios), individuales o asociativos, pero sin intervención gubernamental. La economía formal es servil -proclive a la genuflexión y al besamanos-; la informal es servicialista.
¿Es buena la informalidad? Es un medio de defensa, pero no lo mejor. Es una salida de emergencia. No enriquece, salvo muy contadas y raras excepciones. Cuando los productores independientes no tienen otra opción, les permite sobrevivir. En condiciones de descapitalización permanente, sin equipos ni medios idóneos, y con muchas extorsiones de funcionarios y comisarios. A lo que se suma un alto grado de inseguridad personal y jurídica, que obliga a contratar casi exclusivamente dentro del ámbito de la parentela y relacionados muy cercanos. Así, la productividad es ínfima.
# ¿Y qué es la Globalización?
El mal llamado “neo” liberalismo es una falsa salida. Es la continuación del estatismo por otros medios. Conviene asimismo no engañarse sobre la Globalización, de las cuales hay tres, muy distintas: de las comunicaciones; de los mercados; y de los Gobiernos.
-- Una es la reducción de las barreras técnicas y económicas a las comunicaciones, que se multiplican, potencian y abaratan con el progreso tecnológico en este campo;
-- otra es la eliminación de todas aquellas barreras y restricciones a los intercambios comerciales y económicos decretadas por los Gobiernos, lo cual multiplicaría el comercio, el desarrollo y la prosperidad;
-- otra es meramente reemplazar esas vallas a los intercambios que imponen los Estados nacionales, por las de un Super Estado Mundial.
Vale separar con cuidado las tres globalizaciones, porque la primera no implica necesariamente la segunda, y esta es es antitética con la tercera.
El FMI y el Banco Mundial -como muchas otras organizaciones internacionales-, no promueven el capitalismo ni el vero liberalismo, sino sus totales opuestos: el crecimiento del Estado y los Gobiernos, en todos los países, incluso EEUU. Y el gradual reemplazo de los Estados nacionales por un gran Super Estado Mundial. Aún se halla en construcción, pero ya prefigura en la ONU, Unión Europea, y todas sus agencias burocráticas sectoriales, a cargo de controlar cada aspecto de la vida humana (y animal y vegetal).
El “Nuevo Orden Mundial” que se edifica es asunto que requiere examinarse de cerca:
-- En EEUU ya no mucho queda de capitalismo; y ni traza hay en sus enormes y todopoderosos Gobiernos y agencias federales. Menos aún en Europa.
-- El imperialismo no es la fase superior del capitalismo, sino del estatismo. Un SuperGobierno estatista se hace imperialista cuando ambiciona mandar, adoctrinar, someter, tributar y reclutar para la guerra a ciudadanos de otros países además de sus nacionales.
-- Con el Muro cayó el comunismo tipo soviético. Pero no es el fin del colectivismo, ni del estatismo que es su instrumento y consecuencia propia. Mucho menos el triunfo del capitalismo; y sí más bien del neocomunismo, que no quiere aniquilar al sector privado sino esclavizarlo.
-- El neocomunismo no es siempre hostil a las inversiones extranjeras; de hecho, selectivas y controladas, las prefiere a las nacionales, porque de éstas últimas teme oposición política.
-- Las recetas “macroeconómicas” del FMI y el Banco Mundial pretenden salvar de la quiebra no a “los países” sino a los Gobiernos, y a sus dispendiosas burocracias; y recuerdan si acaso muy poco al auténtico capitalismo “laissez faire” (liberal), contrario al intervencionismo estatal. Y a toda forma de servilismo.
# Conclusión: ¿Hay salida? ¿Cuál es ...?
Es simple: derogar las leyes malas y los impuestos confiscatorios e inicuos. Reducir los Gobiernos a sus funciones y dimensiones propias. Privatizar los activos económicos para ponerlos en manos de la gente, y las escuelas y hospitales en manos de sus docentes, profesionales, empleados y trabajadores.
La Salida no es el Aeropuerto. Y es moral más que económica. En esencia es un tratado de paz entre el Estado y la sociedad, que extienda a toda la economía las mismas liberales condiciones del sector hoy informal: poco Gobierno; mucho mercado; y una gran independencia. Pero con mayor seguridad, y más capital.