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ARTICULOS DE ALBERTO MANSUETI
Chile, Perú y México:
SIGUE SECUESTRADO, MUTILADO E IMPOTENTE EL LIBERALISMO CLÁSICO
Surge de nuevo el “neo” liberalismo, otra ingeniería social
Alberto Mansueti
Centro de Economía de la Oferta (CEO)
Maracaibo, Julio 2006
Ahora todos los Gobiernos latinoamericanos son neocomunistas tipo Chávez o neoliberales tipo Bachelet. Pero el neocomunismo es la reacción contra el “neo” liberalismo fracasado de los 90. ¿Cómo entonces nuevos Gobiernos -en Perú Alan García, y en México Felipe Calderón- ensayan otra vez un esquema fracasado?
La respuesta tiene dos partes: 1) El “neo” liberalismo es otra ingeniería social, versión actual de ese mismo vicio que Friedrich Hayek lúcidamente describió y denunció, siguiendo los pasos de Mises y Popper. Y por eso atrae a los estatistas como la miel a las moscas. 2) El liberalismo clásico -Gobiernos limitados, mercados libres e instituciones privadas separadas del Estado- no está presente en la política, ni siquiera como oferta. Sigue ausente y sin aviso. La segunda parte de la respuesta nos lleva a la gran pregunta: ¿por qué esa persistente ausencia del liberalismo clásico? Veamos.
1. El “neo” liberalismo es otra ingeniería social
Nada tiene del liberalismo verdadero, clásico. Vea Ud. todos esos “modelos” y “equilibrios macroeconómicos”. Vea todas esas cifras, esos porcentajes con su decimal. Vea esa profusión de estadísticas, gráficos y ecuaciones. Vea Ud. las “prescripciones de políticas públicas” en lenguaje tan confuso e inentendible como el keynesiano. ¿Qué hay detrás? ¿Libre mercado? No. Lo que hay es el mismo exorbitante gasto estatal de siempre, sostenido con alta presión tributaria y endeudamiento masivo, justificado con abundancia de programas “sociales” inútiles y regulaciones economicidas, y de servicios y agencias burocráticas para unos y otras. Muy poco de mercado, y casi nada de libre.
Por eso los más entusiastas cultores, difusores y propagandistas del “neo” liberalismo son los mismos políticos dirigistas de siempre, acompañados de los profesores y profesionales universitarios con vocación de ingenieros sociales -cual nueva casta sacerdotal- y de los periodistas convertidos a la nueva religión. Todos comparten los mismos supuestos básicos de la ingeniería social: que la economía y los negocios son demasiado importantes para dejarles al albedrío de la gente corriente -el mercado tiene “fallos”, y “asimetrías de información”, ¿no es así?-; que deben ser dirigidos; siendo por supuesto el Gobierno el candidato obvio para dirigirles (¿quién si no?) con el auxilio de la gente “preparada”.
Bachelet es el modelo de socialista reconvertido al neoliberalismo -vía John Rawls {1} y el Manifiesto de Euston {2}-, aunando “conciencia social y eficiencia técnica”, que hallan lo más idóneo para enfrentar a los demonios del neocomunismo salvaje tipo Hugo Chávez, como Ollanta Humala y Andrés Manuel López Obrador. Con sus escasos márgenes, las pírricas “victorias” electorales de Alan García y Felipe Calderón plantean dudas e interrogantes, y muchas incertidumbres; pero sin embargo los periódicos y “analistas” de los medios suponen que aplicando las recetas neoliberales estos nuevos Presidentes ganarán popularidad en pocos meses, porque tienen de su lado la ciencia económica políticamente correcta, avalada por Harvard, el FMI y el NYT.
Desde Platón, la ingeniería social siempre recurre a ideologías supuestamente científicas para dirigirle la vida a la gente, suponiendo que en esos conocimientos son bien formados y educados los funcionarios gubernamentales y sus corifeos, en las Universidades, esos “templos del saber”. En los ‘20 y ‘30 las ideologías científicas fueron las del socialismo democrático fabiano y el New Deal, el comunismo y el nazifascismo. En los ‘40 y ‘50 fueron -en Latinoamérica- el cepalismo y la teoría del desarrollo económico, “mejorando” a Marx con generosas dosis de Keynes y Rostow, y mucha estadística e investigación operativa. En los ‘70 y ‘80 fue la teoría de la dependencia centro-periferia, que espiritualizaba a Marx y a Lenin con aspersiones de Teología de la Liberación, y combinaba planeación económica con “participación popular”.
¿Y el neoliberalismo? Es la ideología científica actual de la ingeniería social, supuestamente “afinada” por la Escuela de Chicago, que no dice ir en contra de los mercados sino sólo de sus fallos, imperfecciones y malas inclinaciones naturales.
2. El liberalismo clásico ha estado y sigue ausente
El drama de América latina no es Chávez, ni Ollanta, ni siquiera Castro. Ese no es el problema. Es la falta de partidos liberales de verdad, armados con un Plan de Gobierno y a la vez Programa para la Transición a la sociedad de libre mercado, como puede ser v. gr. nuestro Plan de 11 Derechos de Rumbo Propio, el Instituto de Libre Empresa ILE y la Conferencia Liberal Hispanoamericana CLH. Pero no hay partidos capaces de ofrecerlo y mercadearlo masivamente a todos los públicos actual o potencialmente interesados.
¿Públicos interesados? No los burócratas, educadores y clérigos socialistas, empresarios timoratos y demás estatistas que viven muy bien al cobijo de las subvenciones, garantías y proteccionismos típicos de la ingeniería social, o esperan hacerlo próximamente. Ellos no se van a interesar en un proyecto político de libre mercado e inspirado en el liberalismo clásico. Pero sí los desempleados, estudiantes, profesionales y técnicos sin futuro, empresarios pobres (informales, y sus empleados y obreros aún más pobres), amas de casa sin dinero, novios y matrimonios sin vivienda, ancianos sin familia ni pensión. Es decir: hablamos de damnificados del estatismo, quienes a falta de partidos liberales consecuentes se arrojan en brazos de los neocomunistas. Y sobre todo, hablamos de campesinos, agricultores, comerciantes y clases medias del interior de cada país, en las provincias, donde los fracasos del estatismo son más visibles, y donde queden aún restos de iniciativa privada, y de valores de independencia económica, familiar y personal.
Pero la gran pregunta es esta: ¿por qué no hay esos partidos liberales consecuentes? La respuesta es que el liberalismo clásico ha tenido y tiene muy pocos exponentes académicos. Y que éstos, al menos en América latina, y salvo contadas excepciones, no lo presentan completo, y por eso carecen de seguidores políticos capaces de ofrecer propuestas atrayentes. Se da a conocer sólo una parte del liberalismo clásico: la Economía austriana. {3} Y se deja de lado sus otras dos partes, más importantes desde el punto de vista político: